Museo Yushukan

 CIUDAD:  Tokyo

HORARIO:  9:00 – 17:00

Precios: 800Y

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Al entrar allí un avión de combate Mitsubishi A6M, más conocido como Caza Zero, es lo primero que ve el visitante cuando entra en el Yushukan. Por su maniobrabilidad y su eficacia en el combate aéreo, los Zeros fueron legendarios entre 1940 y 1945.

Yushukan

El ejemplar del museo está pintado de color verde oscuro y lleva en ambas alas, y también en el fuselaje, el hinomaru, el disco rojo de la bandera de Japón. Al lado se exhibe una vieja locomotora de vapor que circuló por el famoso puente sobre el río Kwai, en Tailandia, y en la sala principal del museo puede verse un kaiten, un torpedo humano, arma secreta japonesa de la segunda guerra mundial. Mide 14,75 metros de largo, iba cargado con tonelada y media de explosivos, podía alcanzar un radio de 23 kilómetros y lo tripulaba un piloto suicida que tenía la misión de impactar contra barcos enemigos.

Los kaiten, un invento claustrofóbico (para el piloto, claro) de los jóvenes oficiales Hiroshi Kuroki y Sekio Nishina, empezaron a utilizarse en noviembre de 1944 y la verdad es que, a diferencia de los aviones pilotados por kamikazes, no resultaron muy certeros.

Solo consiguieron hundir dos barcos, provocando la muerte de 187 militares estadounidenses, mientras que en las distintas misiones de los kaiten murieron 106 pilotos de entre 17 y 28 años; por otra parte, varios de los submarinos nodriza que los desplegaban también fueron hundidos por el enemigo, lo que provocó la muerte de otros 846 militares japoneses.

La historia de los torpedos humanos no puede decirse que fuera un éxito, pero en el museo de Yushukan el kaiten expuesto provoca la admiración de unos visitantes que se sobrecogen al escuchar la voz grabada por un oficial de 21 años que recuerda los tiempos felices en que asistía a fiestas campestres y hacía guerras con bolas de nieve con los amigos. «Me gustaría que aquello hubiera durado siempre -dice-, pero no puedo olvidar que antes que nada soy japonés. Deseo que mi país florezca eternamente. Adiós a todos».Todo en el Yushukan, un museo inaugurado en 1882, desprende una visión sesgada de los conflictos bélicos y cierta nostalgia del imperialismo que llevó a Japón a varias guerras entre 1867 y 1945, incluidas las dos mundiales y enfrentamientos con Rusia, Corea y China. En este museo, que glorifica el sacrificio y la valentía y alberga los espíritus de 2.466.532 personas que dieron su vida por el emperador, se exhiben más de 100.000 objetos relacionados con la guerra y cientos de fotos de jóvenes fallecidos en combate. Visitarlo es interesante, pero también doloroso, hasta el punto de que muchos japoneses no pueden evitar que se les salten las lágrimas.

Desde 1978 ningún emperador japonés lo ha visitado, pero sí lo han hecho primeros ministros y políticos y militantes de la derecha y extrema derecha japonesa. En agosto del 2010 lo visitó el ultraderechista francés Jean-Marie Le Pen y el 26 de diciembre del 2011 fue arrestado un chino de 37 años, Liu Qiang, después de que atentara contra el santuario como protesta por la glorificación que hace del imperialismo japonés.

La historia del Yushukan no ha sido fácil. Fundado en 1882, fue destruido por un terremoto en 1923. Se reconstruyó en 1932, poco después de la invasión de Manchuria, y a partir de entonces recibió medio millón de visitantes anuales. Su popularidad aumentó tras el inicio de la guerra de china, en 1937, y en 1938 la cifra de visitantes llegó al millón y medio anual. En 1940, ya iniciada la segunda guerra mundial, la cifra se elevó a dos millones.

Al Museo Yushukan se le sigue acusando de dar una visión distorsionada de la segunda guerra mundial en la que Japón no es el agresor, sino el provocado. La guerra y el espíritu militar siempre ocupan el escalón más alto.

Para hacerse una idea de lo que contiene el museo, basta detenerse ante la estatua que, junto a la puerta principal, rinde homenaje a los pilotos kamikazes. En ella una placa pide un recuerdo para los 5.843 hombres del Ejército y de la Armada japoneses que dieron sus vidas lanzándose contra barcos de guerra enemigos durante la segunda guerra mundial: «Estos espíritus puros y nobles, que dieron su vida por nuestro país, deberían ser honrados y recordados por nuestra nación, y sus historias deberían permanecer para siempre para las generaciones futuras».

Sin embargo, hay algo que lo diferencia de los demás: el Yushukan, el museo dedicado a las guerras de Japón.
Está situado en una esquina del recinto y llama la atención desde el primer momento por las distintas estatuas que hay frente a la fachada.
Una de ellas está dedicada al millón de caballos que murieron en las distintas guerras de Japón; otra a los perros del Ejército; y una tercera, a las palomas mensajeras.

Tras este prólogo animal, otra estatua rinde homenaje a las madres y niños que sufrieron en las guerras, y otra, ya mencionada, a los kamikazes.
Un último monumento está dedicado al juez indio Radha Boinod Pal, el único del Tribunal Internacional para crímenes cometidos en Asia en la segunda guerra mundial que dijo que los militares japoneses juzgados eran «no culpables».

Una vez en el interior del museo, tras dejar atrás el espectacular Caza Zero de Mitsubishi, la locomotora del río Kwai y varios cañones protagonistas en diversas batallas, unas escaleras mecánicas llevan hasta la primera planta, donde en las primeras salas del museo se asiste a una glorificación del espíritu de los samuráis que reinaba en el periodo Edo (entre 1608 y 1868) e incluso antes. Espadas antiguas, junto con todo tipo de vestimentas, objetos y armas de época ilustran un conjunto en el que también se muestran pinturas, mapas y banderas sobrevivientes del campo de batalla.

La mayoría de los carteles están solo en japonés, aunque de vez en cuando hay alguna nota en inglés. De todos modos, no resulta fácil seguir el hilo de una exposición que va avanzando en la historia, deteniéndose en la guerra Boshin (1868-69), la guerra ruso-japonesa (1904-05), la primera guerra mundial (1914-1918), el incidente de Manchuria (1931), el incidente de China (1937), y lo que en Japón llaman la guerra más grande de Asia Oriental, que no es otra cosa que la segunda guerra mundial (1940-44) en el continente asiático.

En una de las salas adyacentes a la sala principal se muestran centenares de fotos, en formato pequeño y con el nombre y la fecha de la muerte en combate al lado, de muchos soldados japoneses caídos en la segunda guerra mundial. Es una escena sobrecogedora, y más si la juntamos con los fragmentos de cartas de los muertos, en las que estos suelen mostrarse satisfechos de poder dar su vida por Japón y un emperador que hasta la segunda guerra mundial era el máximo sacerdote del sintoísmo y venerado como un dios.

En la sala central, el ya citado kaiten, o torpedo humano, reclama toda la atención, junto con un avión bombardero Yokosuda D4Y. A su alrededor hay una serie de vitrinas con todo tipo de objetos recuperados en los campos de batallas: máscaras, cantimploras, macutos, armas, etcétera. Todos están rotos y maltrechos, y algunos hasta deformados por la acción de las bombas. En la misma sala se exhibe un tanque Tipo 97 Chi-Ha, recuperado del archipiélago de las Carolinas.

Un avión Ohka Model 11, utilizado por los kamikazes contra los barcos norteamericanos en la invasión de Okinawa, y del acorazado Mutsu, equipado con cañones de 16 pulgadas, son otras piezas a destacar. El Mutsu, por cierto, tiene un interés especial, ya que fue destruido por una explosión interna, en junio de 1943, en el fondeadero de Hashirajima (Hiroshima), provocando la muerte de sus 1.199 tripulantes. En los años 70, sin embargo, fue objeto de un laborioso rescate. Los elementos recuperados del barco se exponen ahora en el Museo de la Memoria de Towa Cho, pero al Museo Yushukan fue a parar uno de los cañones de 140 milímetros.

El Yushukan es uno de los pocos museos de Japón que repasan lo ocurrido en la segunda guerra mundial, aunque resulta evidente que la visión que da del conflicto está inclinada del lado japonés. La polémica, muchos años después de su fundación, sigue viva. Hace unos años, el expresidente de Corea del Sur, Kim Dae Jung, criticó el museo y propuso que se trasladaran a los 14 criminales de guerra de clase A que son venerados en el recinto a otro lugar. «Si esta propuesta se lleva a cabo ¿dijo entonces¿ no me manifestaré contra las visitas a Yusukuni». El Partido Democrático Liberal de Japón también es partidario de esta medida, pero los sacerdotes sintoístas del santuario de Yusukuni se niegan a separar a los criminales de guerra del resto de caídos por Japón. Se basan para ello en las leyes de libertad religiosa de la Constitución japonesa, pero no hay duda de que, mientras no lo hagan, el santuario de Yusukuni continuará siendo un problema incómodo para el Gobierno japonés.

Pero sin duda lo mejor de ese museo es poder hacerse fotos al lado de un auténtico caza Zero como los que usaban los pilotos Kamikazes de la segunda guerra mundial. El horario del museo es de 9:00 a 17:00. Y su precio es de 800Y. Si queréis cotillear su web es esta: http://www.yasukuni.or.jp/english/yushukan/index.html

 

Por Rafa Orozco

Profesor de vocación, católico de convicción, gamer por afición y japanófilo de corazón. Japón y los videojuegos ocupan el poco tiempo libre que mi familia y mis alumnos me dejan.

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